A una mujer no la pierde quien comete errores.
La pierde quien no los reconoce. Quien espera que todo se olvide sin cambiar nada.
La pierde quien la ve llorar… y no pregunta por qué.
Quien se da cuenta de que se está apagando…
pero no hace nada para encenderla de nuevo.
Una mujer no se va porque ya no ame.
Se va cuando entiende que ese amor le está costando paz, alegría y autoestima.
Porque una mujer puede perdonar muchas veces…
pero cuando se le cae la admiración, ya no hay vuelta atrás.
Cuando deja de sentirse valorada, ya no puede quedarse…
aunque aún lo ame.
No se va por orgullo,
se va por dignidad.
Por amor propio.
Por todo lo que pospuso por esperarlo a él.
Y cuando se va… no vuelve.
No por rencor,
sino porque aprendió lo que vale.
Porque entendió que no merece ser plan B
ni excusa de “así soy yo”.
Una mujer no necesita a alguien perfecto.
Pero sí a alguien consciente,
humilde,
presente.
Que no le enseñe a vivir sin él…
y después se queje cuando lo logre.











































































